lunes, 22 de febrero de 2016

El Teatro de Tenreiro espera por Velásquez


 Farruco y Benito Iradi se embarcaron en la nave de la Revolución y se olvidaron de Ciudad Bolívar

Entre lo cierto y lo verdadero / Oscar Tenreiro
Pude visitar la Gliptoteca de Munich guiado por un amigo alemán que conocí gracias a esas vueltas tan típicas de la realidad venezolana. Vueltas de origen político para ser más precisos, porque se relacionan con la experiencia que tuve, junto con un grupo de colegas algunos de cuyos nombres prefiero no recordar hoy, en Ciudad Bolívar, Angostura, nuestra ciudad en el punto más estrecho del gran Orinoco.
Se había iniciado allí, a fines de los años ochenta del siglo pasado un interesante proceso de rescate del patrimonio construido que buscaba apoyo sobre todo en el ámbito profesional, el cual estuvo siempre oscurecido o ensombrecido por los prejuicios políticos que en definitiva nos llevaron a la terrible experiencia que hoy postra a Venezuela.
La evoco ahora por asociación con la visita a la Gliptoteca de Munich, porque la amistad con quien me guió esa tarde otoñal a tan impresionante edificio se inició en el contexto de lo que fue ese esfuerzo en la ciudad nuestra.
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En efecto, en el marco del deseo de vinculación que pudiéramos llamar intelectual con el ambiente de nuestros arquitectos y restauradores, se organizó hace más de dos décadas en Ciudad Bolívar un encuentro con invitados internacionales para tratar el tema de la convivencia entre la arquitectura de nueva planta y la heredada del pasado, porque como la mayoría de los venezolanos sabe, Ciudad Bolívar es una de las pocas ciudades del país cuyo centro histórico ha resistido relativamente bien a los embates de una modernización mal entendida. Pero la conciencia del valor de ese patrimonio que se hizo presente en un sector de la intelligentsia guayanesa, ha estado sin embargo acompañada de desconfianza hacia la capacidad revitalizadora y a la vez respetuosa del pasado, de la arquitectura y de los arquitectos. Sigue instalada en algunos sectores la idea de la imitación como característica relevante en las inserciones de nueva planta, y al mismo tiempo se desconfía de la compatibilidad entre los nuevos lenguajes de la arquitectura y los propios de la herencia edificada. Fue necesario durante los años que se ubican cuando Andrés Velásquez fue el Gobernador del Estado Bolívar (desde 1989 a 1995) realizar una labor de divulgación de lo que pusiéramos llamar las nuevas aproximaciones al rescate del patrimonio arquitectónico. Desde el poder local Velásquez adoptó como una de sus banderas el rescate patrimonial de la ciudad histórica apoyándose en la asesoría y el impulso profesional e intelectual de un grupo de arquitectos (algunos en altas posiciones burocráticas) entre los cuales me contaba.
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A fines de Febrero de 1993, siguiendo pues esa intención clarificadora y tratando de establecer diálogos entre colegas y el mundo intelectual guayanés, contribuí en grado muy activo a la realización del encuentro ya mencionado, que llevó el nombre de Arquitectura Contemporánea en Contextos Históricos. Entre los invitados estaban Andrés Reboredo de España, Sheila O’Donell de Irlanda, Glenda Kapstein de Chile (1939-2008), Marcelo Suzuki y Hugo Segawa de Brasil y Karl Heinz Schmitz de Alemania (fue quien me llevó a la Gliptoteca de Munich un par de años después) colaborador principal de Karl Joseph Schattner (1924-2012) quien por razones médicas no pudo asistir. Todos ellos gentes de muy alto nivel.
Schattner, discípulo de Hans Döllgast, el de mayor edad, ya era en ese momento considerado uno de los arquitectos alemanes de primera línea, llamado por algunos el Scarpa de Eichstätt tal vez por su culto al detalle y una sensibilidad especial para el contraste de los materiales, lo pulido y elaborado junto a lo rudo y elemental como fuente de goce estético, demostrada en muchas de sus obras casi todas localizadas dentro de los límites de su ciudad, Eichstätt, en la Baviera alemana, como arquitecto de la Diócesis. Su obra se conocía principalmente por la inserción de edificios radicalmente modernos en contextos tradicionales, y nos habían llegado imágenes de su extraordinariio trabajo para la escuela de Periodismo de la Universidad Católica (1985-87).



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Lo que deseo trasmitir al hablar de ese encuentro hace dos décadas como parte de la experiencia de Ciudad Bolívar, es que desde el punto de vista de lo que pudiéramos llamar una aproximación remozada a los deberes del poder democrático con la ciudad, asunto que hemos venido abordando directa e indirectamente en los textos semanales anteriores, y que se hace patente en un caso como el de Maracay, es de primera importancia el rescate de los restos de ciudad, de los monumentos que la acompañan y en general de las virtudes espaciales de la ciudad histórica o tradicional que todavía no han sido destruídas por ese crecimiento urbano insensible que nos ha caracterizado. No se trata de algo de segundo orden sino central. Junto con la enumeración de los problemas de infraestructura y servicios básicos que afectan a nuestras ciudades, debe figurar con importancia análoga esta tarea de reconstrucción. Mis experiencias personales sobre Maracay y su pasado (ni siquiera remoto sino inmediato) estoy seguro que afectan a muchos y que no hago sino ser vocero de una especie de alegato general que busca la preservación de valores urbanos que son amenazados por la insensibilidad de la tradición regulatoria venezolana. Y repetimos que no se trata de un asunto de tinajeros, muros sobados y disfraces de tejas al estilo de lo que la cursilería llama posadas ecológicas, se trata de algo de mayor fuste, de asumir de modo culto la tarea de construir dentro de los límites de las estructuras urbanas heredadas, de construir con criterios contemporáneos y dialogar con contextos del pasado de modo creativo mucho más allá de la imitación y la conservación a toda costa que obsesiona a los tradicionalistas defensores de una memoria urbana que es simplemente reaccionaria. No es parálisis e inacción conservacionista sino crecimiento presente, contemporáneo, respetuoso, de mirada profunda desde la madurez y la reflexión para no violentar lo antiguo, como decía Schattner, sino confrontarlo con algo con identidad propia ... dando con ello futuro al pasado. Un aspecto de nuestro ejercicio que considero fundamental y del cual hay poquísimos ejemplos de alguna importancia gracias a esa funesta inacción que ha caracterizado a la arquitectura institucional en Venezuela.
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Y es interesante hablar de lo que la experiencia de Ciudad Bolívar dejó como legado. Que fue muy poco, más allá de los aspectos que pudiéramos llamar personales. Se adelantaron algunas restauraciones y se construyó una escuela de nueva planta dentro del tejido tradicional, un buen proyecto del Arq, Carlos Pou, construcción incompleta y relativamente improvisada que se realizó fuera del control del autor. Los demás proyectos, todos inserciones en el casco histórico, permanecieron engavetados al dejar Velásquez la Gobernación, y entre ellos uno muy bueno, para la Prefectura, del recientemente fallecido Joel Sanz.
A pesar de que fue necesario vencer mucha oposición tradicionalista, pudo iniciarse la construcción de un pequeño Teatro de 300 plazas que incluía una Escuela de Teatro y una Cinemateca, proyecto de mi persona, adyacente al edificio del antiguo Hospital y luego Prefectura, convertido en Centro Regional de las Artes gracias a una muy buena restauración del Arq. Hernán Zamora. Después de muchas dificultades administrativas antes de la salida de Velásquez, se avanzó un poco más allá de las fundaciones hasta paralizarse. Se reinició varios años después hasta llegar a un 50 % durante la gestión de Antonio Rojas Suárez (2000-2004) hasta quedar paralizada definitivamente en 2003. Allí sigue, abandonada, prueba viva de las terribles y siempre presentes discontinuidades venezolanas. Todo el palabrerío, las exposiciones itinerantes sobre lo que se esperaba hacer, las declaraciones, las polémicas, las expectativas terminaron en nada. Decepción.
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Pero hay algo que no puede dejar de decirse más allá de nuestros vicios tradicionales: cuando tuvieron posiciones de poder, algunas de ellas muy importantes en el período llamado revolucionario que comenzó en 1998, las mismas personas que habían trabajado a favor de esos intentos renovadores que tantas esperanzas produjeron, se olvidaron de Ciudad Bolívar y de todo lo que allí se quería realizar. No hicieron nada por darle recursos económicos, por reavivar las iniciativas que amenazaban perderse en manos de autoridades locales sin visión, enmarañadas en su propia mediocridad. Se abstuvieron de intervenir desde sus posiciones de influencia para que se retomaran los hilos perdidos. Practicaron un silencio y un olvido calculado por razones nunca claras. Se los tragó en resumen la marea ideológica destructiva, la inundación de palabras que encubren la inacción que ha acompañado a la experiencia política reciente en Venezuela.
Los problemas de Maracay, que como he dicho tantas veces ya, sufre de los mismos males de casi todas nuestras grandes ciudades, nos llevan, por asociación y por el deseo de abogar por el desarrollo de una conciencia sobre los errores que la Venezuela contemporánea ha venido arrastrando, al recuerdo de otra cara de una realidad cultural y política que ignora lo que importa, poblada de controversias artificiales, casi todas en fin de cuentas con raíces culturales, que han convertido a Venezuela en un país estancado que se rumia a sí mismo y en el cual las mejores cosas naufragan.